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| Dos personas pensativas no dando crédito a lo que se está viviendo en el país heleno |
ESPECIAL. La interminable crisis griega es el resultado de
una serie de voluntarismos, graves errores de cálculo, demagogia política,
alegría en el gasto, ocultamiento de cuentas y otros disparates que llevaron al
país a la tragedia de una depresión con escasas esperanzas de futuro. Estos son
algunos de los históricos errores cometidos.
Gastos y
mentiras
Hasta el año 2010, nadie en Europa sabia cómo
funcionaba el estado griego ni cuál era la situación de sus finanzas y de su
deuda publica. Los diversos gobiernos de turno gastaron el dinero
alegremente... hasta que el entonces primer ministro, Yorgos Papandreu, anunció
que el déficit real era de un 12,5 por ciento del PIB y no del 3,7 por ciento
como se había anunciado. El estado despilfarraba el dinero y escondía la
situación real de sus finanzas. Ahí comenzó la crisis. El país había vivido un
espejismo.
Un estado
hipertrofiado
En un país de menos de once millones de
habitantes había cerca de un millón de funcionarios y trabajadores dependientes
del estado. Era un estado burocratizado, donde el enchufismo era general y la
ineficacia, probada. Abundaron los ejemplos de hospitales estatales sin jardín
pero con 10 jardineros, y de empleados fantasma que cobraban dos sueldos. La
reforma ha sido dura y dolorosa. Pero en la actualidad el sector público ocupa
a 650.000 empleados.
Alegres
jubilaciones
En el estado providencial heleno se concedían
jubilaciones con tan solo quince años de cotización. Las mujeres podían empezar
a cobrar la pensión a los 60 años. Las prejubilaciones estaban asimismo a la
orden del día. Ahora es necesario cotizar a la seguridad social durante al
menos veinte años para empezar a cobrar la pensión y las mujeres no pueden
jubilarse antes de los 65 años.
Subvenciones
para todos
El estado heleno era pródigo en subvenciones. Un
área especialmente escandalosa fue la agricultura, donde se concedían pródigas
ayudas (la mayoría con dinero europeo) para actividades ficticias, que solo
existían sobre el papel.
Evasión
fiscal
Grecia tenía –y aún sigue teniendo– un sistema
de recaudación fiscal de lo más complejo y absolutamente ineficaz. Algunas
profesiones liberales como médicos, abogados, arquitectos, constructores y
otros podían esconder legalmente sus ganancias y declarar y pagar lo mínimo, en
muchos casos en cantidades ridículas. La mayoría de los negocios evitaba
entregar facturas para soslayar el pago de impuestos, una práctica muy
extendida en el sector turístico. Poco a poco se ha impuesto un sistema mas
eficaz, aunque aún queda un largo camino por delante.
Corrupción
La corrupción –la práctica del denominado
«sobrecito» («fakelaki»)– era habitual en todo el servicio publico, pero
especialmente acentuada en la Sanidad y los impuestos. En Sanidad era de lo más
normal conseguir que un médico diera certificados falsos para conseguir una
pensión de invalidez. Había, por ejemplo, ciegos que no lo eran pero que
cobraban una pensión como invidentes... y algunos de ellos tenían otra
profesión. El «fakelaki» se utilizaba también para saltarse una lista de espera
para hacerse una operación en un hospital estatal. Común era asimismo seguir
cobrando la pensión de un familiar años después de su fallecimiento. Ahora los
casos denunciados son investigados y quienes cobran el «sobrecito» al ser descubiertos
son multados y en algunos casos encarcelados. Los «fakelaki» han disminuido
debido a la crisis y a la falta de dinero de la ciudadanía. Las pensiones ahora
son controladas al pagarse directamente al banco y exigirse una fe de vida cada
pocos meses.
Privilegios
gremiales
Muchas profesiones conservaban privilegios y
anacronismos que las asemejaban a los antiguos gremios. Creaban monopolios,
dificultaban la competencia y la entrada de nuevos profesionales e impedían la
bajada de precios. Privilegios que iban des de los abogados a los notarios,
enterradores y conductores de camiones de combustible. Las leyes laborales no
habían sido reformadas desde hacía décadas debido a la presión de los
sindicatos. Las subidas desproporcionadas de ciertos salarios mermaban la
competitividad, alejaban las inversiones, dificultaban las exportaciones y
subían la inflación.

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