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| Los Reyes fueron ovacionados a su llegada al recinto donde fueron entregados los premios |
OVIEDO/ESPAÑA. Fue el día 24 de
septiembre de 1980, cuando un reducido grupo de asturianos constituyó nuestra
fundación, la Fundación Príncipe de Asturias. Fue en una ceremonia, también
solemne, celebrada en esta ciudad, bajo la presidencia de mis padres los Reyes
Juan Carlos y Sofía.
Eran
aquéllos, tiempos de incertidumbre y preocupación, pero sobre todo de especial
ilusión y esperanza, eran tiempos de sueños de concordia y de libertad. Querían
los fundadores con su iniciativa unirse a esos sentimientos, inspirados por el
camino amplio y generoso abierto por la Constitución recién aprobada.
| El escritor irlandés John Banville también recibió este importantísimo premio |
Nacieron
así los Premios Príncipe de Asturias, para vincular al Heredero de la Corona
con el Principado y comprometerlo con la cultura y con el humanismo; nacieron
para agradecer y rendir homenaje a quienes se sacrifican por hacer un mundo
mejor. Nacían, en fin, para reconocer a quienes quieren hacer de la vida, una
creación continua.
Un
año después —también de particular recuerdo—, siendo un niño, entregué en este
mismo teatro los primeros premios y pronuncié mi primer discurso en público. Y
así, apoyados en la fuerza de los sueños y de las ilusiones, convencidos de que
no hay nada que el coraje y el corazón no puedan conseguir plenamente, hemos
caminado año tras año.
Aquí
escuché, escuchamosn todos, lecciones magistrales, reflexiones lúcidas que
alientan el ánimo de saber para comprender; poetas que han cantado a la vida, a
la libertad. Hemos sido testigos aquí de palabras valerosas, sinceras y
comprometidas. En cada edición, escuché —escuchamos todos—, siempre en medio de
una profunda emoción, enseñanzas e ideas que han marcado y enriquecido mi vida;
y seguro que la de muchos otros.
Hemos
hecho desde entonces una larga y fecunda navegación. Han pasado 34 años durante
los cuales ha habido pocas horas de sosiego. Pero, pese a todo, hemos procurado
no caer en la tentación de ir hacia lo fácil, de ceder a la banalidad, la
impaciencia o el desánimo. No hemos hecho concesiones a la rutina o a la
complacencia.
| El químico valenciano Avelino Corna (Derecha), junto a sus colegas norteamericanos al recibir el premio |
Pues
en esta ocasión tan especial quiero dar las gracias a tantas personas que nos
han ayudado, a quienes han trabajado con rigor y convicción, a los patronos y
protectores, a los jurados, a los medios de comunicación y, por supuesto, a los
asturianos, que tanto cariño nos entregan en cada visita que hacemos a
Asturias.
Damos
las gracias también, a la Reina Sofía, con cuyo apoyo hemos contado todos estos
años. Y, sobre todo, a nuestros premiados, que nos acompañan en esta ceremonia
y que con su presencia la engrandecen. Ellos nos hacen evocar, un año más, su
auténtico y hondo significado; y a ellos dedicaré ahora mis palabras.
Los premiados
El
arquitecto estadounidense Frank Gehry ha sido galardonado con el Premio de las
Artes. En su obra destaca siempre la visión artística, la fuerza y la belleza
con las que lleva a cabo sus proyectos. En España, la construcción del Museo
Guggenheim de Bilbao supuso un acontecimiento único, no solo por lo
espectacular de su belleza, sino también por su impacto transformador en la
ciudad. Asociamos el nombre y la obra de Gehry a la luz, al brillo de
materiales nuevos; lo asociamos a la arquitectura mágica, reflejo de un artista
de la construcción, de un profesional que ─como
él ha dicho─ hace siempre aquello que
imagina; una arquitectura llena de vitalidad y asombrosamente hermosa.
| Felipe encabeza estos premios por primera vez como rey |
El
ejemplo de Frank Gehry invita a España a seguir siendo una potencia artística y
cultural de primer orden en todos los campos; e invita a los españoles a
continuar proyectando y compartiendo su creatividad dentro y fuera de nuestras
fronteras.
El
Premio de Ciencias Sociales ha sido otorgado al historiador e hispanista
francés Joseph Pérez, de padres valencianos, y oriundos de Bocairent. Sus
estudios, investigaciones y publicaciones son de un altísimo valor científico.
Se ha interesado especialmente por la Edad Moderna, por temas y personajes como
la Leyenda Negra, la expulsión de los judíos en 1492, las figuras de los Reyes
Católicos, Felipe II o el Cardenal Cisneros. En sus análisis y estudios, muy
documentados, no da pábulo a supuestas verdades ni a verdades a medias, sino
que busca siempre ser objetivo, equilibrado y alejarse de los tópicos.
Con
maestría y con profundo respeto por los datos y los hechos históricos, Joseph
Pérez pone de relieve todo aquello que ha conformado el devenir histórico de
España y también de la América española, tanto con sus errores, como con sus
grandes aciertos. La historia es, en sus manos, una versión auténtica de
aquello que nos define y nos singulariza, que nos construye como pueblo, y que
nos explica y da sentido a nuestra razón de ser.
La
enseñanza que a los españoles nos ofrece Joseph Pérez no puede ser más
pertinente.
Joaquín
Salvador Lavado Tejón, Quino, ha recibido el Premio de Comunicación y
Humanidades. Es la primera vez que nuestros galardones reconocen a un
dibujante, y lo hacen premiando la obra de un hombre que trabaja, según él
afirma, «para que el mundo vaya para el lado de los buenos».
Mafalda
y los demás personajes de Quino, nacen de su mirada aguda e intuitiva, son
profundamente humanos y están dotados de una inteligente ironía o de una dulce
inocencia o de un apabullante sentido común.
Hijo
de padres andaluces exiliados en Argentina, también él ha conocido después el
exilio. Con todo ello, ha sabido imbuir a sus personajes de una admirable
capacidad para transmitir valores educativos universales, como universal es la
admiración y el cariño por sus viñetas y dibujos geniales.
La
obra de Quino nos recuerda a los españoles, y a cualquier persona de cualquier
sociedad, la necesidad de guiarnos siempre por los mejores y más sólidos
principios y valores, y de hacerlo con un sentimiento genuino de profunda
humanidad.
Los
químicos Avelino Corma, Mark E. Davis y Galen D. Stucky han sido galardonados
con el Premio deInvestigación Científica y Técnica. Los tres profesores creen
que los avances en la ciencia química pueden y deben cambiar el mundo y hacerlo
más humano.
Son
muy conscientes, además, de que sus descubrimientos, invenciones y patentes son
el resultado de la colaboración de equipos científicos que comparten el
entusiasmo y los deseos de hacer ciencia, y también los deseos de demostrar la
existencia de la llamada «química verde»; aquella que se encamina a preservar
el medio ambiente, a mejorar y hacer más limpia y sostenible la industria y a
hacer más eficaces y menos lesivos para el ser humano ciertos medicamentos,
sobre todo los utilizados en la lucha contra el cáncer. Son objetivos
encomiables, que Corma, Davis y Stucky ennoblecen además con su continuo
magisterio, con su dedicación y su entrega ejemplares.
Su
labor es buena prueba de que la investigación científica y técnica siempre es
necesaria para el progreso de las sociedades y de la Humanidad. España debe
recuperar el máximo apoyo posible a la investigación, porque ello es condición
indispensable para avanzar y competir mejor, para nuestro prestigio y para la
capacidad de ayudar a otros pero, sobre todo, para nuestro propio bienestar.
El
escritor irlandés John Banville ha recibido el Premio de las Letras. La lectura
de las novelas de Banville nos descubre a un autor de prosa muy trabajada,
llena de destellos de belleza. Por eso es calificado como un escritor puro, un
escritor felizmente obsesionado por las palabras, un amante de las frases. Como
bien hemos escuchado. Por eso, también, las descripciones en sus novelas son
retazos de arte con mayúsculas, retazos de una realidad imaginada que siempre
consigue conmover al lector. Todo ello revela su intenso amor por la palabra,
su respeto profundo por la literatura y una capacidad para la expresión de lo
bello y sus formas que nos admira.
En
su idioma original o en las magníficas traducciones al español, John Banville
se nos muestra como un maestro con un dominio del lenguaje que le permite, bajo
el seudónimo de Benjamin Black, escribir también obras de tono y tema
totalmente distintos, de escritura más rápida y más eficaz, pero no por ello
menos intensa.
El
estado de ensoñación, en el que afirma que escribe, envuelve su obra en una luz
especial, distintiva, esa luz de la que siempre dependen, como afirmaba su
admirado James Joyce, los colores de la realidad.
El
Premio de Cooperación Internacional ha sido concedido al Programa Fulbright,
promovido por el Gobierno de EE.UU. y presente en la actualidad en 150 países.
Conocimiento, razón y compromiso son las tres palabras que el senador
Fulbright, creador del Programa, utilizó para definir sus propósitos. Tres
palabras que explican la intensa actividad que el Programa desarrolla desde
1946 y la excelencia que ha mantenido, conservado y fomentado desde entonces.
El
Programa Fulbright es un instrumento para la paz y para la amistad entre las
naciones, las cuales, —como afirmaba hace ya más de 200 años nuestro
Jovellanos—, son más prósperas y dichosas cuando su primer manantial es una
instrucción pública de excelencia. Desde esa convicción, los responsables del
Programa Fulbright son muy conscientes de que su labor es una forma de
intercambio cultural, de diálogo y de entendimiento. Es, en definitiva, una
experiencia basada en la defensa y afirmación de los valores más altos del
espíritu humano, y que, por ello, ha dado y seguirá dando en el futuro los
mejores frutos.
Desde
finales de la década de los 50, España se ha beneficiado de la concesión de
becas del Programa a través de la Comisión Fulbright. Gracias a ellas miles de
estudiantes españoles han estudiado en EE.UU. y también han sido miles los
estadounidenses que lo han hecho en España, creándose así, a lo largo de los
años, una red de colaboración entre nuestros países que —como recordé el pasado
mes de septiembre en la sede del Instituto de Educación Internacional de Nueva
York (IIE)— comparten los mismos valores de democracia y libertad.
Esa
red es símbolo de las excelentes relaciones que nos unen y que, gracias al
intercambio de conocimiento, de ideas, de cultura, de ciencia, se hacen aún más
sólidas y permanentes. Nos felicitamos porque esto sea así y estamos seguros
además, de que seguirá consolidándose para satisfacción de ambos países.
La
Maratón de Nueva York, la más popular de cuantas se celebran en el mundo, ha
recibido este año el Premio de los Deportes. Es una prueba construida con el
entusiasmo de miles de personas, profesionales y aficionados, que disfrutan
corriendo por las calles de una ciudad y la transforman por unas horas en un
espectáculo de solidaridad, esfuerzo, de dignidad y deportividad.
Además
de un reto personal para los participantes, es una carrera que proporciona la
maravillosa sensación de intervenir en un hecho extraordinario, que concentra a
más de dos millones de espectadores y en el que colaboran más de 9.000
voluntarios. Todo ello convierte a la Maratón de Nueva York en un ejemplo, en
un modelo de convivencia pacífica y de unidad, en una actividad deportiva
creada con el sencillo motivo de disfrutar corriendo en grupo.
Es
un auténtico ejemplo de la grandeza de estar unidos, de avanzar juntos, desde
la generosidad y la deportividad, mirando al horizonte de una meta común y
compartida por todos.
Y
finalmente, señoras y señores, la periodista Caddy Adzuba, de la República
Democrática del Congo, ha recibido el Premio de la Concordia.
Con
lucidez lo afirmó Gandhi: «Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es
el silencio de la gente buena». Y Azduba no quiere callarse, no puede callarse,
no está dispuesta a que el silencio se extienda sobre la barbarie y la
violencia que sufren las mujeres, las niñas -sobre todo sexual- y también los
niños de su país sufren violencia; porque solo a través de la verdad se pueden
hallar respuestas y soluciones para prevenir, parar o reparar esos males.
Por
eso Caddy Adzuba habla, pregunta por qué, cuenta lo que sucede, repite una y
otra vez lo que ha vivido y sufrido, los abusos que tantas mujeres, niñas y
niños viven y sufren; y al hacerlo, abre caminos para la esperanza. Trabaja,
además, para que todo el mundo comprenda que hay que iluminar las zonas más
oscuras de la realidad; que es preciso alertar sobre la violación de los
derechos humanos, sobre la injusticia.
La
labor valerosa, sacrificada y arriesgada de Caddy Adzuba nos hace pensar en
todas las víctimas inocentes a las que esta mujer quiere dar voz. Viven un
horror que no quisiéramos que existiera, que incluso nos parece imposible que
exista.
Hoy,
aquí, nos atrevemos a mirar a los ojos de Caddy Adzuba para darle las gracias
por su entrega a una causa tan noble, y para reconocer su heroico
comportamiento, que admiramos, respetamos y apoyamos sin fisuras.
Pero
en su mirada, llena de fortaleza y esperanza, no podemos olvidar el dolor y la
angustia que está generando, sobre todo en África, la reciente epidemia de
ébola. Una crisis severa, que tanto nos obliga a la comunidad internacional a
concertar y comprometer más esfuerzos ─y más eficaces─ en la lucha contra el virus y contra su propagación
mundial, así como en el tratamiento de los afectados.
Y es
en esa lucha, donde también brillan las historias ejemplares de entrega, de
generosidad y de profesionalidad protagonizadas por médicos, sanitarios y
científicos, por religiosos, cooperantes y militares. Gracias a todos ellos y,
particularmente, a nuestros compatriotas, por hacernos confiar en su
competencia y capacidad; son –sois- todo un orgullo para España.
Principios éticos y valores cívicos
Señoras y señores,
Aquel
24 de Septiembre de 1980 ─y en una época bien
difícil─ nació en Asturias una esperanza.
Esa esperanza sigue viva, porque nuestros Premios son hoy una realidad admirada
y respetada en todo el mundo. Y hoy, más que nunca, los seguimos necesitando
como estímulo e inspiración en estos tiempos cruciales, tiempos intensos y de
renovación. Pues la sociedad necesita referencias morales a las que admirar y
respetar; principios éticos que reconocer y observar; necesita valores cívicos
que preservar y fomentar.
Y
esa conciencia social, es con la que debemos fortalecer nuestra vida en común.
Es con ese necesario impulso moral colectivo con el que se puede y se debe
hacer de España una nación ilusionada, llena de vida y de pensamiento; llena de
ideas que merezcan la confianza de los ciudadanos; de proyectos que atraigan la
mente y la voluntad de todos y conquisten sus corazones.
A
partir de esas convicciones alejaremos el pesimismo, la desconfianza y el
desencanto de muchos ciudadanos que demuestran, admirablemente, una capacidad
de esfuerzo y de sacrificio digna de todo respeto.
Queremos
también una España alejada de la división y de la discordia. Por eso, ante las
Cortes Generales el pasado 19 de junio, señalé el deber y la necesidad de
garantizar y ─al mismo tiempo─
de revitalizar nuestra democracia.
Nuestra
convivencia ─desde hace ya más de 35 años─ no es fruto de la improvisación, sino de la voluntad
decidida del pueblo español de constituir España en un Estado social y
Democrático de Derecho, inspirado en los principios de libertad e igualdad, de
justicia y pluralismo; y en el que todos, ciudadanos e instituciones, estamos
sometidos, por igual, al mandato de la Ley.
Respetar
y observar ese marco constitucional y democrático es la garantía de nuestra
convivencia en libertad. Es la garantía necesaria para que todos los españoles
puedan ejercer sus derechos, para que las instituciones y los ciudadanos
cumplan con sus deberes y asuman sus responsabilidades, y para que funcione
ordenadamente nuestra vida colectiva.
Pero
debemos también cuidar y favorecer nuestra vida en común.
Miremos
a nuestra historia con serenidad, objetividad y sabiduría. Reconozcamos sus
luces y sus sombras, y aprendamos de todas ellas para no cometer ─para
no repetir─ los errores del pasado. Porque
el caudal de progreso que hemos conseguido con el empuje de todos,
especialmente en las últimas décadas, jamás lo había alcanzado España en tantos
ámbitos. Sintámonos pues orgullosos de lo mucho y bueno que juntos hemos
conseguido.
Pero
no sólo compartimos historia. Compartimos intereses y valores comunes; tenemos
una misma voluntad de pertenecer a Europa, de ser Europa. Y sobre todo,
compartimos sentimientos. Los españoles ya no somos rivales los unos de los
otros. Somos protagonistas de un mismo camino. Y estoy convencido de que la
comprensión, la consideración, el afecto y el respeto mutuos son sentimientos
arraigados en el corazón de los españoles y compartidos de norte a sur y de
este a oeste de nuestro territorio. Y todos esos sentimientos, ni los debemos
olvidar nunca, ni mucho menos perder. Al contrario, los tenemos que preservar y
alimentar.
Valoremos
también lo que estamos haciendo -con un enorme sacrificio y esfuerzo por parte
de muchos españoles- para superar todos juntos una de las crisis económicas más
profundas de nuestra historia reciente.
Y
seamos conscientes de que, como cualquier sociedad avanzada, debemos afrontar
nuestro futuro con la fortaleza que nos exige un mundo distinto al que hemos
conocido; un mundo que camina hacia una mayor integración y no al contrario. Es
un futuro complejo, claro que sí; pero lleno de nuevas oportunidades. Ese es
uno de los grandes retos que tenemos como país. Trabajemos pues ─como
también señalé el pasado 19 de junio─, cada uno con su propia
personalidad, en un proyecto integrador, sentido y compartido por todos, y que
mire siempre hacia adelante.
Sigamos,
en fin, el viejo consejo de Unamuno. «Haced riqueza, haced patria, haced arte,
haced ciencia, haced ética». Palabras sabias que deben resonar con esa fuerza
con la que han resistido, sin envejecer, el paso del tiempo.
Señoras
y Señores,
Nuestros
premiados son el mayor patrimonio de nuestra fundación. Son personas e
instituciones convencidas de que con valentía, con honradez y con generosidad,
se pueden alcanzar las metas más difíciles. Son, en fin, personas e
instituciones que viven entregadas a los demás, a todos nosotros. Hoy les
reconocemos sus méritos y el valor de sus obras.
Pues,
como afirmaba nuestro querido Vicente Ferrer, hacer el bien sirve para llenar
una vida. Hacer el bien a los demás, señoras y señores, sirve para darle
sentido a una vida.

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