POR: CHARLY DOUMAT
Dicen
que la vida es un camino que está plagado de flores y que fortuitamente una
flor especial nos embrujará. Nos hará enamorarnos de ella, hará que el corazón
se salte un latido o dos, nos hará escribir poemas y cometer locuras, nos
matará de lujuria. Será amor a primera vista (o pasión, lo que suceda primero).
Se dice que detendremos nuestro viaje, para coger ésta flor, de manera egoísta,
como decretando, “Ésta flor es mía, por eso la tomo y me la llevo”. Y sin
darnos cuenta, al tomarla estaremos matándola, negándole todo aquello que ella
era y que la hizo la criatura maravillosa de la cual nos enamoramos.
Ese
hombre, anoche, me enseñó cómo debo amarte. Libremente. Llena de sonrisas.
Sabiendo que lo único que tenemos es el aquí y el ahora. Entonces en un giro
irónico de la vida, anoche te amé, en su cuerpo. De la misma forma en que amé
todas las grietas de los viejos monumentos y su joven piel brillando en la
tenue luz de las oscuras y húmedas calles por las que reíamos enloquecidos,
anticipando lo que ocurriría al llegar y cerrar la puerta. Te amé con
premeditación y alevosía, con egoísmo y ahínco, y con fogosa curiosidad pinté
con mis manos tu perfil en el de él. Reconociendo en el vaho de su aliento su
inocente incredulidad, su bisoña y descortés urgencia, un “si”, un “ahora”, un
“¿Eres de verdad?”…
Jugué
con él en mis brazos como juega un niño con un bocado de helado que se derrite
en su lengua, con descaro, desvergüenza o insolencia, llámale como prefieras.
Te amé en cada uno de los húmedos y tibios besos que le di, abriendo los ojos
de vez en cuando para ver sus parpados caídos y mi cabello despeinado sobre su
frente. Te amé con sus manos recorriendo mi espalda, su lengua en mi cuello y
su pecho junto al mío. Te amé con su sorprendida mirada al desnudarme, al
susurrar con premura, “bellísima”…
Te
amé al mirarnos a los ojos, sonriendo, exhaustos pero agradecidos y felices de
estar allí, sin decir una palabra pero comunicándonos en un lenguaje que
conocíamos tan bien. Te amé cuando besó mis manos con los ojos cerrados, cuando
besé el lunar en su hombro y cuando olí su fragante cabello. Un olor silente y
pegajoso, generoso y bendito, esa fragancia dulce, que huele a desvelo, a
luciérnagas, al sonido del mar de madrugada, a restos de indecencia en las
sábanas. Ese olor que aún me da cosquillas en el vientre y me acelera los
latidos.
Pero
ni aún después del final se había acabado, nuestros cuerpos ya se habían
vencido, pero del alma nos brotaba un entusiasmo infantil que nos regaló la más
dulce vigilia de nuestras vidas. Te amé en cada hora de nuestro largo
trasnocho. Ese trasnocho lleno de complicidad, melancolía, porqués e hipótesis…
Sonrisas, chocolates, una foto para el recuerdo, un televisor en silencio
derramando luz de colores por las paredes de la habitación, una lluvia parsimoniosa
afuera y un pasaje a otro continente en la mesa de noche.
Anoche
te amé, pero no me detuve a coger la flor o a recorrer con lamento la idea de
dejar la flor allí y continuar mi camino sin ella. Te amé llena de
agradecimiento y llena de gracia, en cada centímetro de su piel planté un beso
para que otra lo coseche luego, cuando haya florecido completamente. Como un
girasol, orgulloso y alto. Bello y magnifico. Te amé incluso ésta mañana en
cada minuto de nuestro adiós, ese adiós en el andén de la estación, con un beso
lento y tierno, “Te veo pronto”, sabiendo que no nos volveríamos a ver, “¿Por
qué tienes que irte?, sabiendo ambos la respuesta. Ese adiós con besos en las
manos y en los ojos. En las mejillas y en la frente. Nunca queriendo soltar al
otro, con abrazos apretados y territoriales, agradecidos y miserables, dando
todo y quedándonos con nada. Extraños apurados con vasos de papel humeantes en
las manos nos miraban, con recelo y envidia y nosotros reíamos de tristeza con
locura y estupidez. Contradiciéndonos con cada respiro, como el niño que se
come su helado con lentitud para provocar celos en su hermano glotón que ya se
ha comido el suyo, sabiendo que al final un helado a medio derretir jamás sabe
igual.
Pero
no he de negarte que fuimos felices por un momento, con fe y entrega, con pena
y con gloria, y no he de cambiar eso por nada en este mundo. Te amé y te amo,
así como eres. No quiero que cambie nada. Tú eres así como él, una flor que no
debo coger. Debo dejarte ser, en tu forma augusta, única y fragante. Te amo
como lo amé a él anoche, con vehemencia, sed y desespero. Como un león de circo
enjaulado que ha sido finalmente liberado. Te amé anoche. Y te amé esta mañana.
Y te amaré ésta noche. Sin final, ni tregua, sin penas, ni remordimientos, tú
en tu jardín entreteniendo colibríes y yo pasando como la mariposa graciosa que
aletea inmodesta para poder con celo, verte a lo lejos…
Charly
Doumat, Ciudad de Panamá. 20 de Julio de 2015.
Página
oficial de Facebook, Charly Doumat "Piscolabis para el Alma"
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